jueves, 26 de junio de 2008

¿Por qué nos joroba tanto la ortografía? Gerardo López Monge.- Liberarte.- Revista de la USFQ

¿Por qué nos joroba tanto la ortografía?

Gerardo López Monge




En abril de 1997, en el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española que se celebró en Zacatecas, Gabriel García Márquez pronunció su emotivo y polémico discurso en el que mandaba a jubilar la ortografía. Aquel discurso resultó una piedra en el zapato del escritor colombiano, ya que luego tuvo que dar explicaciones sobre lo que había dicho. En una de aquellas explicaciones dijo que las reglas de acentuación no tenían ninguna lógica y que lo que se lograba con aquellas marciales leyes era que los estudiantes odiaran el idioma (García Márquez 173). Ya en el 2002, en Vivir para contarla, García Márquez hacía pública confesión de una de sus dolencias: la mala ortografía.

Podría parecer exagerado calificar de dolencia a la dificultad que muchas personas tienen para usar el código escrito de nuestra lengua, pero quizá no lo es tanto, si pensamos que la mayor parte de nuestra ortografía se basa en la percepción y memoria visual de la grafía de las palabras. Si a eso le sumamos que la mayoría de los hispanohablantes (90% aproximadamente) no diferenciamos el sonido de la c, la z y la s, tenemos como resultado que al menos 350 millones de hablantes tengamos que hacer un esfuerzo memorístico visual mucho mayor. Sin embargo, para quienes no tienen una memoria visual privilegiada (o suficientemente desarrollada) están las reglas ortográficas.

En el mundo actual, basado en el imperio de la ley, todas las personas esperan que las reglas sean claras, que no dejen espacio a la interpretación. Pero aquél no es el caso de la ortografía. En ella nos encontramos frente a reglas que, casi siempre, tienen una o algunas excepciones. Ante reglas tan fluctuantes, la respuesta suele ser el desinterés y, como resultado, la mala ortografía.

Quisiéramos tener reglas científicas para aplicarlas, sin ninguna duda, en la ortografía. Ojalá supiéramos con tanta convicción y precisión por qué huérfano se escribe con h y orfanato no, como sabemos por qué la velocidad inicial de un objeto lanzado en tiro parabólico es igual a su velocidad final. ¿Por qué es tan caótica la ortografía? ¿Por qué sus reglas no tienen la universalidad que sí tienen las leyes científicas?

Para encontrar una respuesta a esta pregunta volvamos por un momento a la física. Cuando un objeto, como una piedra o una pelota, por ejemplo, son lanzados en tiro parabólico al aire, influyen en él un número exacto de variables, como por ejemplo la fuerza con la que es lanzado, la fuerza de la gravedad, y el peso del objeto. Justamente por eso, la ciencia puede predecir ciertos hechos: si una pelota sale despedida al aire en tiro parabólico a 50 kilómetros por hora, caerá en tierra a la misma velocidad. Pensemos ahora en la caída de las hojas de un árbol. Si quisiéramos hacer una predicción de cómo caen las hojas de un árbol nos hallaríamos ante un hecho bastante más difícil de analizar y, por lo tanto, de predecir. Las hojas de un árbol caerán de muy distintas maneras, de acuerdo a muy diferentes variables que se presentan en este hecho: la posición de las hojas en el árbol, su resistencia al aire, el viento que pudiera haber, la forma de la hoja, etc. A la ciencia le costaría más encontrar un patrón que seguir, como sí lo hace en el tiro parabólico. Pareciera que las hojas de los árboles pueden caer de cualquier manera, aleatoriamente. La diferencia entre el tiro parabólico y la caída de las hojas de los árboles se halla en la cantidad de variables que posee cada una. Mientras que la pelota lanzada siempre seguirá una trayectoria previsible, las hojas de los árboles, debido a las múltiples variables que confluyen, seguirán una trayectoria caprichosa. Sin embargo, si analizáramos la caída de las hojas de un árbol durante mucho tiempo, empezaríamos a encontrar algunas regularidades. De hecho, la misma matemática ha empezado a encontrar ciertas regularidades y a plantear algunas reglas para empezar a entender cómo funcionan los sistemas caóticos (aquellos en los que influyen muchas variables) a diferencia de los sistemas ordenados.

La ortografía se parece mucho más a nuestro árbol de las hojas que caen, que al lanzamiento de una piedra en un tiro parabólico, es decir que nos hallamos ante lo que la matemática conoce como un sistema caótico. Imaginemos por un momento que las hojas que caen del árbol son palabras. El tiempo que toma una hoja en su transcurso desde una rama del árbol hasta el suelo, podría ser igual al tiempo de existencia de una palabra. Pero, al igual que sobre las hojas del árbol, sobre las palabras influyen muchísimas variables.

Cuando el latín se fue transformando en cada una de las lenguas romances, las palabras que usaba cada colectivo humano también fueron modificándose y siguieron ciertas leyes evolutivas propias. En el paso del latín al español hay ciertos patrones que se repiten como una regla general. Por ejemplo, las letras o acentuadas del latín se diptongaron en español (lo que no sucedió en otros idiomas muy cercanos, como el portugués) y por eso, de palabras latinas como corium o corpus, se derivan cuero o cuerpo. Pensemos ahora en la palabra murciélago que flota ante nuestros ojos como si se tratara de una hoja de nuestro árbol. Regresémosla a la rama de donde se desprendió. Nuestra palabra se cayó del árbol del latín y originariamente significó ratón (mus/muris) ciego (caecum). El camino previsible que debía tomar la palabra nos llevaba al vocablo mur ciego, que efectivamente aparece documentado en español, en el año 1250. Sin embargo, muy poco tiempo después, aparecerá la palabra murciégalo que se transformó en nuestro muerciélago. ¿Qué es lo que hizo que esta palabra siguiera un camino diferente al previsible? La respuesta es el influjo de variables externas a la palabra. En el caso de murciélago, los estudios que se han hecho no han logrado dar una explicación única, pero muchos concuerdan en que probablemente alguna palabra o sufijo nativo de los pueblos que existían en la península ibérica antes de la llegada de los romanos, influyó en la evolución de ésta. A mitad de la caída de la hoja, sopló un viento que hizo que la palabra se desplazara por un camino distinto al esperable. Un caso similar ocurre con la palabra apacible. Ésta se deriva del verbo latino placere, es decir que está íntimamente emparentada con placer, al igual que otras, como placentero, complacer, plácido. ¿Qué es lo que hizo que apacible se pareciera tan poco a las palabras de su familia?: justamente el influjo de otra palabra. Cuando pensamos en el significado de apacible, nos podríamos imaginar algo placentero, pero también algo pacífico. En el siglo XVI, la cercanía de los significados de aquello que resulta placentero y de aquello que resulta pacífico hizo que la palabra paz influyera tan fuertemente en la palabra aplacible, que terminara por cambiarle la grafía.

Como nos podemos dar cuenta con estos dos ejemplos, la ortografía es un sistema caótico, y como tal, las reglas que podamos ponerle nunca serán lo suficientemente precisas, siempre tendrán excepciones, pues a diferencia de los números, las palabras no son deducciones de la realidad, sino que son creaciones humanas que nos sirven para transmitir más o menos precisamente nuestras emociones, sueños y frustraciones.

La buena ortografía es necesaria. Si el español ha cobrado la inusitada importancia que tiene en el mundo desde el siglo XX, es debido a la cantidad de hablantes, pero más aún a la cohesión lingüística que tiene nuestro idioma. Comunicarnos con un hispanohablante de la Argentina, de Venezuela o de España, es bastante fácil. Aquello no ocurre en idiomas como el árabe o el chino, cuyos hablantes de una región, quizá ni siquiera lleguen a entenderse con un hablante de su mismo idioma pero de otra región. Una de las maneras de mantener esa ventaja que ha hecho que el español sea considerada una de las lenguas más importantes, estudiadas y habladas de la actualidad, es la escritura de un código común. Es por esto que reformas ortográficas simplificadoras y un poco antojadizas, como las que proponía el gran escritor colombiano, en las que desaparecían el uso alternado de la b y la v, o de la g y la j, entre otras, solo lograrían una desbandada idiomática y la pérdida de los caminos que nos llevan a los significados primigéneos de las palabras y , por lo tanto, a las asociaciones que podemos crear en torno a una palabra.

Pero con los antecedentes analizados nos quedan algunas interrogantes: cómo podemos lograr una buena ortografía, cómo podemos asegurarnos de que aquello que escribimos, va a ser cabalmente comprendido por quien nos lee, cómo podemos manejar un código común a los 400 millones de hablantes que tiene el español. Hay que tomar algunas medidas. La primera necesariamente nos lleva a la palabra. En el mundo actual, donde hay tanta prisa por producir dinero, las palabras han sido cada vez más olvidadas, menos reflexionadas. Es necesario volver al diccionario e incluso volver a disciplinas, como la etimología, que cada vez se ven más relegadas. Mientras más a fondo conocemos las palabras de un idioma, no solo que vamos a poder entendernos y expresarnos mucho más claramente y que podremos asociar muchas más palabras entre sí, sino que también tendremos la oportunidad de ser mucho más efectivos y persuasivos al comunicarnos, así como seremos menos manipulables al momento de recibir un mensaje lingüístico. Por ejemplo, cuando volvemos al significado primigéneo de palabras tan similares como trabajar y laborar, nos daremos cuenta de algunos fuertes matices de significado que hay entre ambos vocablos y sus consecuentes implicaciones. Pero más allá del poder que obtenemos del conocimiento de las palabras, al volver a ellas, podremos hacer asociaciones que nos ayuden a dilucidar cómo se escribe una palabra, de acuerdo a cómo se relaciona ésta con palabras de su misma familia. Gran parte de la ortografía también se puede explicar por asociaciones entre varias palabras de una misma familias. En segundo lugar, es necesario hacer una revisión completa de nuestro sistema ortográfico, revisión que debería estar apoyada no solo en las disciplinas referentes a la historia y evolución del idioma, sino en la matemática, más específicamente en la teoría del caos y sus repercusiones. Ésta es una tarea que aún no ha sido empezada y quizá nos podría dar nuevas luces para entender el funcionamiento de la lengua, así como para plantear reglas ortográficas que podrían resultar más sencillamente aplicables. Adicionalmente, hay que tratar de que la enseñanza de la ortografía, en los primeros años de la educación, no sea basada solo en el aprendizaje de las reglas ortográficas, sino que sea un proceso asociativo-deductivo a partir de las mismas palabras y, en muchos casos, de sus significados. Por último, tenemos que tener clara conciencia de que la ortografía, por la naturaleza misma del lenguaje, siempre nos va resultar un poco imprecisa. Pero esta imprecisión natural del idioma, que en este caso se plasma en la imprecisión de la ortografía, es la misma que nos permite que los seres humanos podamos utilizar el lenguaje, no solo como una herramienta de comunicación par transmitir la enorme complejidad que percibimos en el mundo y en nuestro interior, sino como la más efectiva arma de persuasión. El poder que tiene la palabra, nunca antes había sido tan grande […]. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. (García Márquez 173)

Obras citadas
García Márquez, Gabriel. “Botella al mar para el dios de las palabras”. El País (Madrid) 18 oct-2004:173

4 comentarios:

Blas Torillo dijo...

¡Ah que buen artículo del señor López Monge has puesto querida Irene!

No lo conocía y me ha gustado mucho. Dice más y mejor lo que yo pretendo al decir cosas sobre la ortografía.

Más adelante, en cuanto tenga tiempo, pondré un artículo más mío sobre el tema.

Un beso.

Blas Torillo dijo...

Hola Irene. Supongo que estás de vacaciones y por eso no posteas.

De todos modos, te dejo un beso.

Espero que todo esté bien.

Irene dijo...

Gracias Blas... por acordarte de mí. Es cierto tuve vacaciones de invierno pero fui a trabajar a las escuelas de frontera de nuestro país, límite con Bolivia.
Un ritmo diferente, una situación diferente de la que trabajamos la mayoría, y con docentes frente a las cuales tendríamos que sacarnos el sombrero... si lo usáramos.
Ya estoy calentando la carrocería así que en cualquier momento agrego algo.
Besos
Irene

Irene dijo...

Gracias Blas... por acordarte de mí. Es cierto tuve vacaciones de invierno pero fui a trabajar a las escuelas de frontera de nuestro país, límite con Bolivia.
Un ritmo diferente, una situación diferente de la que trabajamos la mayoría, y con docentes frente a las cuales tendríamos que sacarnos el sombrero... si lo usáramos.
Ya estoy calentando la carrocería así que en cualquier momento agrego algo.
Besos
Irene