No hay derecho
¡Buh! Soy el mediador. Los voy a devorar.
Los que, entre otras obligaciones de la vida académica y laboral, somos docentes y nos criamos en democracia, supimos amar este decálogo del francés Daniel Pennac que aprendimos en la facultad y que nos encanta difundir entre los alumnos:
Los derechos del lector
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltearse páginas.
3. El derecho a no terminar un libro.
4. El derecho a releer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
7. El derecho a leer en cualquier lugar.
8. El derecho a hojear.
9. El derecho a leer en voz alta.
10. El derecho a callarnos (Anulado por decreto por la entrada "Hippie" de este blog, donde, justamente, argumentamos que el sentido de la lectura se construye a partir de la conversación sobre lo que se ha leído.)
Pennac, Daniel (1992): Como una novela, Madrid, Anagrama, 1996. Una patética traducción de la editorial Gallimard Jeunesse (Gallimard Juventud) con innmejorables ilustraciones del gran Quentin Blake se puede ver acá: Pero como el hippismo dura poco y los Pistols acechan siempre, terminó mi idilio con Pennac. A no confundir los términos, no es lo mismo libertad que libertinaje, como dicen nuestros mayores. No, no, no. No mintamos más, basta de reproducir este nefasto texto entre los alumnos y en todos los cursitos y cursotes sobre la lectura.
Particularmente, me voy a concentrar en el punto El derecho a no leer. ¡Es una gran estafa! Claro que, como dice Gallimard Jeunesse, no hay que burlarse de los que no leen o no quieren leer, pero no podemos dejar las cosas así tan solo por temor a invadir las libertades del otro. No, no, no. Debemos suplantar el derecho a no leer, que nos excluye, que deja al que no lee en un limbo insalvable, por el derecho a tener un mediador.
Todos, absolutamente todos, tenemos derecho a que alguien nos introduzca en la lectura y que nos apañe de ese decrépito y excluyente derecho a no leer. Podría (debería) ser una maestra, un maestro, el quiosquero que nos recomienda la edición popular del Decamerón (uno de los textos más rentables en cuanto a cantidad de páginas/precio), un viejo amigo lector, un blog, una mina que uno se levanta por chat, un tipo que quiere lucirse en una reunión de amigos y tira títulos de libros, un payaso que regala poemitas fotocopiados en una feria, un buen bibliotecario que después no te podés sacar de encima, el librero del barrio (tampoco te lo podrás sacar de encima), una vedette en bolas en la revista Caras diciendo que lee Nietzsche (sic) (¿querrás tenerla encima?). El mediador está ahí y, como el mal, adopta distintas formas.
Tenemos todo el derecho del mundo a que el mediador nos devore y nos instale en un mundo menos libre.
El mediador en acción
Llanura de chistes - Blog de Mariana Lagostino
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario